| ISLA DE LOS ESTADOS
Su impactante geografía, su intimidante clima y sus mitos,
lograron a lo largo de la historia atraer tanto a intrépidos
navegantes como a los nativos de la zona.

Hoy, la Isla de los Estados sigue cautivando a viajeros de todo
el mundo. Sus particularidades geográficas dificultan el
acceso, que actualmente sólo puede realizarse en velero desde
Ushuaia.
La Isla de los Estados forma parte de la provincia de Tierra del
Fuego Antártida e Islas del Atlántico Sur, situándose
a sólo 24 km. del extremo oriental de la Isla Grande. Está
situada entre los paralelos 54º 38`y 54º 54´ latitud
sur, y los meridianos 63º 47`y 65º 46´ longitud
oeste, aproximadamente. Su superficie, incluyendo algunas islas
e islotes, es de unos 520 km2.
El clima de la Isla de los Estados es frío, húmedo
y ventoso. El promedio anual de temperatura varía entre 0º
y 5º C, asemejándose las máximas absolutas a
temperaturas de clima templado (en verano) y frío (en invierno).
Se trata de un clima esencialmente marítimo y se asemeja
mucho a las condiciones que reinan en el Cabo de Hornos.
Los vientos predominan del noreste al sudeste, con una intensidad
media de 16.5 nudos. La intensidad media anual puede definirse como
fuerte, siendo este el único lugar de Argentina con esta
característica. Por este motivo, la sensación térmica
varía entre frío moderado y frío intenso.
Las precipitaciones son abundantes, llegando a los 1000 mm anuales,
con un total de 248 días de lluvia. Esto no quiere decir
que llueva de manera torrencial durante toda una jornada, sino que
una llovizna puede durar varios días.
La isla presenta un relieve montañoso, con picos agudos
y escarpados, finalizando allí las últimas estribaciones
de la Cordillera de los Andes. Sus principales elevaciones son los
montes Bove (823 m.) y Spegazzini (741 m.) en las bahías
San Antonio y Flinders, respectivamente.
En el sector occidental se hallan los únicos lugares llanos
de la isla y amplias bahías con largas playas de arena. La
parte llana está cubierta por turbales que hacen muy difícil
el desplazamiento.
El resto de los puertos están conformados por profundos
fiordos con costas que caen a pique, las pequeñas playas
en el fondo son de piedra, y a los pocos metros comienza la turba
o los impenetrables bosques vírgenes que cubren la isla.
Cientos de espejos de agua dulce dan origen a pequeños chorrillos
cristalinos o cascadas, como la del fiordo de Parry.
La flora se caracteriza por ser abundante y muy húmeda,
tanto que algunos botánicos la han calificado como selva.
El bosque comienza generalmente después de la línea
de pleamar, destacándose el guindo, el ñire y el espinoso
calafate. Desde las costas, el bosque asciende las laderas de los
cerros hasta los 150 a 200 m. de altura. A medida que se asciende
a los cerros, el bosque va tomando menor porte y su forma se vuelve
achaparrada hasta desaparecer totalmente. Allí aparece una
flora típica de tundra.
Hay una gran variedad de helechos, uno de los más comunes
es el conocido como el “de Magallanes” que posee un
tallo rígido y hojas duras.
En la parte occidental de la isla existen gran cantidad de turbales,
pequeñas lagunas y suelos cenagosos, que ocupan la parte
baja de la región. Allí el bosque es reemplazado por
matorrales, pastizales de gramíneas y juncos.
Se pueden avistar las mismas especies de aves que en el resto de
la región, con la particularidad de que aquí pueden
apreciarse mayor cantidad y variedad de pingüinos, como en
el caso del de ceja amarilla, el naranja, el magallánico
y el pingüino rey.
También llama la atención el número de caranchos
australes, albatros y petreles. Incluso, es posible apreciar al
majestuoso cóndor andino, el águila mora y el halcón
peregrino.
Menos el zorro y el guanaco, se encuentran todos los mamíferos
que habitan la Isla Grande. Los conejos europeos semi silvestres
y la rata negra son especies exóticas que también
habitan la zona.
Desde la costa o navegando por los alrededores es posible observar
a la tonina overa, el delfín austral, las orcas y la ballena
minke.
UN POCO DE HISTORIA
En el año 1616 Holanda y España se encontraban en
guerra, por lo que los expedicionarios holandeses que navegaban
por las aguas del sur tenían prohibido el cruce entre los
océanos a través del Estrecho de Magallanes. Como
consecuencia, se vieron obligados a buscar un paso alternativo que
les permitiese comunicarse con el Pacífico, para llegar hasta
sus colonias asiáticas por el oeste. Así fue como
el holandés Jacobo Le Maire descubrió el estrecho
que hoy lleva su nombre, y la denominada Isla de los Estados.
Gran cantidad de barcos naufragaron en las costas de esta isla,
por lo que no pasó mucho tiempo hasta que la rebautizaron
con nombres poco felices, entre los que se destacó “la
Isla del Diablo”. Realmente, su bella pero inhóspita
geografía, barrida por el viento y las lluvias, separada
de la Isla Grande de Tierra del Fuego por ese estrecho tan agitado
y borrascoso, se presentaba como una barrera difícil de afrontar.
Entre los meses de abril y mayo de 1884 la División Expedicionaria
al Atlántico Sur, enviada por el gobierno argentino y comandada
por el Comodoro Augusto Lasserre, construye un faro y establece
una subprefectura marítima en el puerto de San Juan de Salvamento.
Esta base funcionaría como estación de rescate y refugio
de náufragos.
Ajenos al destino del mítico faro, los integrantes de la
expedición llevaron a cabo su inauguración oficial
el 25 de mayo del mismo año. Se trató del segundo
faro que tuvo nuestro país ya que anteriormente se había
alzado uno en la isla Martín García, en el Río
de la Plata.
Ya desde ese momento San Juan de Salvamento funcionó como
presidio militar, entre las personas que quedaron en la isla se
contaban los primeros diez penados. En 1902 los convictos fueron
trasladados a Ushuaia, mismo año en que brilló por
última vez el faro original que más tarde recibiría
el célebre nombre de “Faro del Fin del Mundo”,
gracias a la novela que escribió Julio Verne (Le Phare du
bout du Monde. Dc. 1905).
Ésta era la única luz que tenían los navegantes
en el mar austral, y también la última antes de lo
desconocido. Era común que las naves naufragaran víctimas
de las feroces tormentas, las inmensas olas y las rocas de la zona.
Fue guía de una infinita cantidad de barcos que, a partir
de su emplazamiento, vieron facilitado el camino a través
del Pasaje de Drake hacia el Océano Pacífico.
RECONSTRUCCION DEL FARO EN LA ISLA DE LOS ESTADOS
Esta historia se inició con la presentación efectuada
por el Sr. André Bronner, presidente de la asociación
El Faro del Fin de Mundo (Association Le Phare du Bout du Monde
- 8, Place des Halles - Laleu - 1700 - La Rochelle - Francia), a
la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación.
Bronner conoció la Isla de los Estados, en un viaje “de
iniciación" en abril de 1993 y desde ese momento soñó
con el proyecto hoy hecho realidad.
Ciento doce años después de su instalación
en la Isla de los Estados, el faro del Fin del Mundo sería
reconstruido, ni más ni menos que por un navegante. Esto
sería posible gracias al apoyo económico de los municipios
franceses de Nantes, donde nació Julio Verne, y de La Rochelle,
donde reside Bronner.
Por su parte, el Municipio de Ushuaia declaró la iniciativa
de interés municipal, comprometiéndose a brindar todo
el apoyo necesario. Este proyecto contó también con
el apoyo de la Embajada de la República de Francia en nuestro
país, entre otros entes nacionales e internacionales.
La reconstrucción del faro se haría con una estructura
de ocho caras, réplica exacta del que fuera erigido en el
pasado y del que quedaban sólo ruinas. Se utilizaría
madera de lenga, que también fue empleada en la construcción
original.
El jueves 26 de febrero de 1998, finalmente fue inaugurado el nuevo
Faro del Fin del Mundo en la Isla de los Estados. En la ceremonia
fue izada la bandera argentina por personal de la Armada. Esa noche,
cuando la claridad desapareció lo suficiente como para activar
la célula fotosensible, el faro se encendió como en
sus mejores épocas.
Más tarde, cuando finalizaran los trámites en el
servicio de Hidrografía Naval, el faro sería incluido
en las hojas de ruta de los barcos, entonces su luz volvería
a guiar el rumbo de los navegantes.
LA NOVELA DE JULIO VERNE
Aunque muchos dicen que el escritor y poeta nunca había
conocido estas latitudes, o que la novela se escribió años
antes de la construcción del faro, a lo largo del texto se
pueden notar muchas coincidencias con la realidad histórica
y geográfica, relatadas con una precisión impecable.
La novela de Julio Verne se tituló “Le Phare du Bout
du Monde” (El Faro del Fin del Mundo) y fue publicada por
primera vez en 1905, veintiún años después
de la construcción del faro en San Juan de Salvamento.
Estas son algunas de las razones por las cuales se supone que Julio
Verne posiblemente habría navegado y permanecido en estas
tierras australes, ya que da cuenta de un excelente conocimiento
histórico de todo lo sucedido allí.
En su libro, Julio Verne cuenta una historia de piratas que transcurre
en la Isla de los Estados. Los torreros argentinos Vázquez,
Moriz y Felipe, que llegan desde el comienzo de la novela custodiar
el faro recién inaugurado, deben enfrentarse a una banda
de delincuentes refugiada en una caverna de aquel inhóspito
lugar.
Se trataba de doce piratas que habían quedado varados en
la isla, mientras esperaban la oportunidad de salir de allí
se dedicaban a saquear los barcos que tenían la desgracia
de naufragar frente a las costas. Ante la inauguración del
faro deciden enfrentar salvajemente a los torreros argentinos y
matan a dos de ellos (Moriz y Felipe), mientras que Vázquez
logra escapar y sigue de cerca los movimientos de la banda. Estos
reparan una goleta robada, para huir con el botín hacia el
Pacífico. En tanto, se produce un nuevo naufragio. El único
sobreviviente es John Davis, que es asistido por Vázquez,
con quién logra derrotar a los piratas. Navíos argentinos
vienen en busca de los torreros y logran llevar cautivos algunos
de los piratas luego de una persecución por toda la isla
(aquí se destaca como el escritor describe casi con exactitud
las características geográficas del lugar). Sobre
el final de la historia, mientras los bandidos que quedan van muriendo
de hambre, aterrados ante su inminente captura y traslado para ser
juzgados y castigados en Buenos Aires, el jefe de la banda se suicida
frente al Faro del fin del Mundo. De esta manera concluye el argumento
de la famosa novela y se inicia un capítulo de aventuras
y mitos que han influido en el corazón de los románticos
de todas las épocas.
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